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Alergias e intolerancias alimentarias: PARTE II

Publicado por: sinBIOsis SL En: viernes, julio 29, 2016 Comentario: 0 Hit: 541

Alergias e intolerancias alimentarias: PARTE II

Hipersensibilidades alimentarias. Intolerancia a la lactosa.Parte II. 

Por Cristina Borrero 

En la primera parte de esta serie de artículos veíamos que no era lo mismo una alergia alimentaria que una intolerancia, aunque en el día a día parece que se confunden con bastante facilidad.

Concretamente hablábamos de las alergias alimentarias y veíamos que en ellas había una respuesta inmune hacia algún componente del alimento que nuestro organismo reconoce como dañino (normalmente proteínas), mediada por un tipo de inmunoglobulina (hablábamos de la IgE), que desencadenaba una serie de síntomas. Los más comunes, síntomas respiratorios, erupciones cutáneas, etc.

A continuación, vamos a rizar un poco más el rizo, sumergiéndonos de lleno en la parte más técnica de esta serie de artículos. Ya sabemos qué es una alergia y cómo se desarrolla. Introduzcamos ahora el concepto de hipersensibilidad alimentaria.

Si englobamos en ese concepto ambos términos, el de alergia e intolerancia alimentaria, nos parece un poco más comprensible que haya confusión sobre ellos, ¿verdad?

Diremos entonces que cualquier molestia o síntoma ocasionado tras la ingestión de un alimento (en dosis toleradas por individuos normales) se denomina hipersensibilidad alimentaria

 

 

Ahora bien, dependiendo de los mecanismos implicados en esa respuesta, tendremos diferentes situaciones:

  1. Si el sistema inmunológico está implicado, tendremos una reacción alérgica. A su vez, distinguimos 2 tipos:
    1. Mediada por IgE (como la que explicamos en la primera parte del artículo). Por ejemplo, la alergia a los cacahuetes.
    2. No medida por IgE, pero sí por otras Ig, como la IgG, como en el caso de la celiaquía. A diferencia de la anterior, en este caso los síntomas no son tan bruscos y son principalmente gastrointestinales.
  2. Si no está implicado el sistema inmunológico, tendremos una hipersensibilidad no alérgica, o también llamada intolerancia. También se distinguen varios tipos, según el mecanismo que falle:
    1. Metabólica: son las que comúnmente conocemos como intolerancias alimentarias. Generalmente se deben a la ausencia de enzimas digestivas, por tanto, están caracterizadas por síntomas digestivos (cólicos y distensión abdominal, flatulencia, diarreas…).
    2. Otras: por ejemplo como respuesta a determinados tóxicos, fármacos o sustancias.

 

Según el diagrama anterior, teóricamente la celiaquía está considerada una alergia alimentaria y la intolerancia a la lactosa una intolerancia alimentaria. Términos como intolerancia a la proteína de la leche o alergia a la lactosa, no serían correctos. ¡Escríbenos en los comentarios cuáles serían los correctos, a ver si ha quedado claro! ;)

Vamos a hablar un poco más a fondo de las intolerancias alimentarias. Como ya todos sabemos, son hipersensibilidades alimentarias en las cuales no hay implicación del sistema inmune, sino que más bien hay un fallo con la digestión de algunos nutrientes, por ejemplo por la falta de una enzima necesaria para ello. Por ejemplo, la intolerancia a la lactosa, también conocida como malabsorción de lactosa.

Esta situación se da cuando nuestro cuerpo no es capaz de secretar lactasa (o lo hace en cantidades insuficientes), que es la enzima necesaria para digerir el azúcar de la leche y otros productos lácteos.

Recordemos brevemente el objeto de la digestión, para que quede más claro cómo se desencadena la intolerancia.

Los alimentos están compuestos por unas sustancias denominadas nutrientes, necesarias para llevar a cabo diferentes funciones en el organismo. Tenemos los macronutrientes (se necesitan en grandes cantidades), que son los hidratos de carbono, las proteínas y las grasas. Y los micronutrientes (los necesitamos en cantidades mucho más pequeñas), donde incluimos las vitaminas y minerales.

 

Ahora bien, nuestro cuerpo es incapaz de absorber los macronutrientes tal cual están contenidos en los alimentos. Necesitamos reducirlos o “partirlos” en sustancias pequeñitas, ya que los nutrientes son demasiado grandes para que nuestro intestino pueda absorberlos.

De esta forma, las proteínas hay que descomponerlas en aminoácidos, los hidratos de carbonos en monosacáridos (como la glucosa), y las grasas en ácidos grasos y glicerol.

En este caso, la lactosa es el azúcar de la leche. Es una molécula formada por dos monosacáridos, la glucosa y la galactosa. Según lo que hemos explicado antes, para que la podamos absorber, habría que romper esa molécula de lactosa en las dos unidades elementales que la componen, la glucosa y la galactosa. Y para que esto ocurra, necesitamos la presencia de una enzima, la lactasa. ¿Adivináis ya qué pasa cuando no hay lactasa, verdad?

Lo que ocurre es que tras ingerir un alimento rico en lactosa, como no podemos desdoblarla y absorberla correctamente en el intestino delgado (que es donde se produce la absorción de la mayoría de nutrientes), esta lactosa no digerida (o parcialmente digerida si podemos secretar lactasa pero en pequeñas cantidades) llega al intestino grueso, donde nuestras bacterias intestinales entran en juego, fermentando esa lactosa y dando lugar a los síntomas característicos de la intolerancia: hinchazón abdominal, calambres, diarrea…

 

Ese sería el esquema general, aunque lo cierto es que se distinguen diferentes tipos de intolerancia a la lactosa según el grado de deficiencia de lactasa:

  1. Déficit congénito de lactasa: desde el momento del nacimiento. Es un trastorno raro y muy poco frecuente. La única solución es evitar por completo la lactosa.
  2. Primaria: hay un descenso fisiológico en la producción de lactasa con la edad. Se debe a componentes ambientales; por ejemplo, es común en sociedades donde no hay exposición a productos lácteos desde temprana edad, como algunas sociedades asiáticas o africanas. Este tipo de personas suele tolerar una pequeña cantidad de lactosa, como una taza de yogur o leche, sin que aparezcan síntomas, especialmente a temprana edad. A medida que van pasando los años, aumenta la dificultad de absorción de lactosa.
  3. Secundaria: es una deficiencia temporal de lactasa, por ejemplo, ante una enfermedad, por el consumo de determinados tóxicos o fármacos, etc.  Esta situación es reversible y, tras el episodio, la persona puede volver a consumir lácteos, ya que no hay ningún problema en su producción de enzima.

Por supuesto, en función del tipo de deficiencia de lactasa a la que nos enfrentemos, tendremos diferentes síntomas y tiempo de aparición de los mismos (hay personas que experimentan síntomas inmediatamente después de ingerir el alimento, y otras que empiezan a experimentarlos de forma progresiva y gradual, lo que dificulta el diagnóstico), aunque suelen aparecer tras la ingesta del alimento rico en lactosa y los más frecuentes son la hinchazón abdominal, flatulencia, calambres y diarreas osmóticas.

En cuanto a la incidencia, aproximadamente un 70% de la población mundial no produce suficiente lactasa. Sin embargo, no todos ellos padecen intolerancia, ya que están incluidas sociedades que cultural o tradicionalmente no consumen lácteos. Las personas más afectadas son las de raza negra, indios americanos y asiáticos. Frente a los europeos del norte y norteamericanos, que parece que son los que presentan menos casos.

 

El diagnóstico común y dietético que suele emplearse es la exclusión.  Es decir, valorar si se produce una mejoría tras un lapso de tiempo en el que se evita el consumo de lácteos.

No obstante, existen 3 tipos de pruebas médicas que pueden prescribirse para el diagnóstico:

-        Test de hidrógeno espirado. Cuando no tenemos suficiente lactasa, la lactosa que no puede digerirse comienza a fermentar en el intestino grueso, por acción de las bacterias intestinales, produciendo grandes cantidades de hidrógeno libre. Si tras la administración oral de una cantidad de lactosa medimos la cantidad de hidrógeno espirado, podemos saber si esa lactosa se ha digerido o, por el contrario, está fermentando en el colon, y de esta forma diagnosticar la intolerancia.

-        Test de intolerancia a la lactosa.  Administramos a la persona una cantidad de lactosa y vemos cómo varía su respuesta glucémica al cabo de un tiempo. Si nuestro organismo secreta lactasa y somos capaces de digerir la lactosa, tras la ingestión de una cantidad de lactosa se observa cómo la glucosa sanguínea aumenta (al final estamos consumiendo un azúcar). Sin embargo, si no disponemos de suficiente lactasa, al medir la respuesta glucémica que se produce tras la ingestión de un alimento rico en lactosa, observamos que ésta no aumenta como se esperaría. Es una prueba bastante inespecífica.

-        Biopsia del intestino delgado. Se suele utilizar junto al primer test para diagnosticar definitivamente la intolerancia. Consiste en tomar una muestra de la mucosa intestinal que permita examinar posibles alteraciones. Es una prueba muy invasiva que no se emplea con mucha frecuencia.

Bueno, hasta aquí la parte teórica del artículo. ¿Queréis comentarnos cómo ha sido vuestro caso, desde que empiezas a tener molestias hasta que te diagnostican? ¿Cómo es tu día a día viviendo sin lactosa? Como siempre, estamos encantados de leer tus comentarios.

Si te ha gustado el artículo, no te pierdas la próxima entrega. Hablaremos de cómo afecta la intolerancia a la lactosa a nuestro día a día, algunos consejos dietéticos para evitar deficiencias de nutrientes y truquitos para detectar que nuestros alimentos no contienen lactosa.

¡Gracias por leer y hasta la próxima!

Artículo escrito por Cristina Borrero. 

Fuentes y enlaces para saber un poquito más:

http://emedicine.medscape.com/article/187249-clinical

http://www.mdpi.com/2072-6643/7/9/5380/htm

http://www.pediatriaintegral.es/numeros-anteriores/publicacion-2013-10/alergia-proteinas-de-leche-de-vaca/

http://www.lactosa.org/saber.html

http://www.seen.es/docs/nutricion/areas-tematicas/dietoterapia/intolerancia-alimentaria.pdf

http://histolii.ugr.es/EuroE/NumerosE.pdf

http://histolii.ugr.es/EuroE/NumerosEnumerico.pdf

http://www.stevecarper.com/li/list_of_lactose_percentages.htm

 

Cristina Borrero es dietista, educadora nutricional y entrenadora personal. En su consulta, trata de ayudar a sus pacientes no solo a alcanzar sus objetivos, sino a aprender a alimentarse mejor a largo plazo. Entiende la salud desde una perspectiva holística, integral y evolutiva, basada en la prevención, comida “de verdad”, lo más natural posible; movimiento y actividad física a diario y manejo del estrés, para gozar de un estado de salud pleno.

Es una persona muy curiosa e inquisitiva, siempre dispuesta a continuar formándose en áreas nuevas y tratando de actualizarse constantemente.

En lo personal, le encanta la naturaleza, cocinar y la comida natural, hacer deporte y es adicta a su Fitbit!

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